Análisis · América Latina

Brasil y la ola azul: ¿qué está en juego para nuestras democracias?

El avance de las derechas radicales en América Latina no es un fenómeno aislado ni una simple alternancia electoral. Las elecciones en Brasil permiten mirar los malestares, disputas y estrategias que hoy ponen en tensión nuestras democracias.

Gráfica sobre las elecciones de Brasil y la política latinoamericana

Desde hace ya varios años en Sudamérica se vienen sucediendo victorias electorales de fuerzas vinculadas con la “derecha dura” o extrema derecha. Los resultados de la primera vuelta en Brasil confirmaron lo que parece una tendencia imparable: la “ola azul” -como gustan de autodenominarse estas fuerzas en oposición a la “marea rosa” de principios de siglo- está a punto de inundar de costa a costa nuestro subcontinente. Lejos de anticipar un posible mero recambio de gobierno, lo que pasó el 4 de octubre en Brasil -y antes en toda Sudamérica- es una muestra de una tendencia más profunda que está poniendo en cuestión el fundamento mismo de nuestras democracias.

Las elecciones

Aunque fueron 13 las fórmulas que compitieron por la presidencia en Brasil los analistas anticipaban que la elección iba a estar polarizada entre Flavio Bolsonaro, que compitió bajo el sello del Partido Liberal (PL), y Luiz Inácio “Lula” da Silva, actual presidente y candidato por el Partido de los Trabajadores (PT). El primero dio nueva encarnadura y articulación a la fuerza social que previamente representó su padre, Jair Bolsonaro, presidente del vecino país entre los años 2018-2022. De raigambre conservadora y reaccionaria, el “bolsonarismo” hunde sus raíces en las fuerzas de seguridad, una porción considerable del electorado evangélico, y el conglomerado de actores beneficiados por un modelo económico que no ha dejado de (re)primarizar la estructura productiva brasileña, ligados a los agronegocios y las finanzas. “Lula” Da Silva, por su parte, se presenta como un candidato progresista, defensor de un Estado con activa participación en la economía y con afanes de asegurar una mínima base de igualdad social en un país estructural e históricamente desigual. Ligado en sus orígenes al sindicalismo combativo y a las comunidades eclesiásticas de base Lula -y con él su partido, el PT- logró, en los últimos años, ampliar su base social hacia los sectores más pauperizados y marginados de la economía brasileña, en especial del nordeste del país. El “petismo” también ha logrado establecer fuertes vínculos con sectores medios universitarios y con el empresariado más ligado al mercado interno y la industria nacional.

En los números, el resultado de las elecciones fue contundente, aunque no decisivo: Flavio Bolsonaro obtuvo más de 56 millones de votos, equivalentes al 47,03% de los sufragios, mientras que “Lula” rozó los 54 millones, con el 45,16%. El resto de las candidaturas no alcanzó, en conjunto, el 8% de los sufragios válidos. Sin mayoría absoluta, los dos candidatos más votados se deberán enfrentar el próximo 25 de octubre para definir quien será el próximo presidente de Brasil.

Sin embargo, las elecciones sí precisaron quienes ocuparán otros cargos clave en los próximos 4 años. Así, el PL se convirtió en la mayor bancada de la Cámara de Diputados, con 121 de 513 escaños frente a los 70 que logró el PT. Si se computa la orientación de la totalidad de las bancas, la derecha -moderada y radical- sumó 46 diputados de União Brasil, 41 de Progresistas (PP), 41 de Republicanos y 10 de Novo; esto es: un mínimo de 218 bancas sin contar otras agrupaciones menores. En contraposición, la suma de todas las diputaciones obtenidas por la izquierda apenas si alcanzó a la mitad. En el Senado, la situación es similar: el PL obtuvo19 de las 54 bancas en disputa y acumuló 28 senadurías, mientras que el PT sólo contará con 9 de un total de 81. En lo que respecta a las gobernaciones, de las 27 jurisdicciones (26 estados y 1 Distrito Federal) de Brasil, el PL gobernará 5 (cinco), entre ellos Paraná, Santa Catarina y Rio Grande Do Sul, tres de los estados más poblados y desarrollados de Brasil. A esta cosecha cabe sumar las gobernaciones logradas por fuerzas de derecha aliadas: Sao Pablo, Minas Gerais y Mato Grosso (las tres en manos de Republicanos), Paraíba y Mato Grosso Do Sul (ganadas por PP) y Pará (Podemos). El PT, en cambio, sólo ganó en tres estados: Bahía, Piauí y Ceará, todas ubicadas en el nordeste brasileño. Finalmente, de las 7 gobernaciones que también deberán enfrentar un ballotage para decidir el candidato ganador, existen amplias posibilidades de que la derecha logre el control de al menos Río de Janeiro, el Distrito Federal y Amazonas.

La ¿sorpresa?

Aunque la mayor parte de las encuestas “serias” daban ganador a Lula lo cierto es que el resultado no sorprende demasiado. Desde la victoria de Javier Milei en Argentina, en noviembre de 2023, se realizaron 13 elecciones presidenciales en América Latina y en sólo dos casos (Uruguay y México) ganó la izquierda. Quienes accedieron al poder lo hicieron, en amplia mayoría, con discursos con un fuerte contenido securitizador -de mano dura-, antiizquierdista y antiestatista, -nociones que en ocasiones confunden y mezclan-. También se presentaron como culturalmente conservadores y en abierta oposición a lo que llaman “agenda woke”, “marxismo cultural” e “ideología de género”, lo que implica rechazar cualquier mínima acción en pos de lograr una mayor igualdad en distintas dimensiones de la vida social. Añaden a su repertorio denuncias en torno a lo que llaman “privilegios” (la “casta” en la terminología libertaria) y contra la corrupción política, así como una extrema desconfianza a la democracia liberal y los contrapesos que impiden la concentración del poder. Finalmente, suman una exaltación del individualismo y la firme creencia de que el esfuerzo individual prevalece sobre las estructuras sociales injustas: emprendedorismo y estado mínimo es la ecuación que, desde su perspectiva, va a garantizar el desarrollo de nuestra región. Sobre esta base, y en términos comparativos, Flavio Bolsonaro es un ejemplo más de una serie de liderazgos de derecha dispuestos a “hacer mierda” al pensamiento progresista y de izquierdas de nuestra región.

Los resultados del 4 de octubre, en clave sudamericana, nos muestran que las sociedades latinoamericanas “crujen” y que ese quiebre está siendo capitalizado por fuerzas de derecha. Lejos de ser un mero reflejo de problemas nacionales, lo que vemos es cómo las dificultades locales se entrelazan con un contexto regional y global que alimenta salidas autoritarias. Así, no es un dato anecdótico que la “ola azul” se despliegue en el marco del creciente enfrentamiento entre Estados Unidos y China, de la transformación tecnológica sistémica que representa la Inteligencia Artificial (IA) y de la crisis que amenaza al capitalismo, traducida en una financierización que no encuentra techo y en un nuevo despliegue de destrucción ambiental. Las fuertes estrategias disciplinadoras desplegadas por parte del gobierno norteamericano hacia aquellos países que no se pliegan a sus intereses versus el alineamiento y “total coincidencia de intereses” entre las derechas radicales y Trump da cuenta también de lo que se juega en cada elección latinoamericana está muy lejos de traducir una mera contienda electoral entre “gobierno” y “oposición”.

País do futuro

En 1941 el escritor austríaco Stefan Zweig escribió un ensayo titulado “Brasil, país del futuro” deslumbrado por la riqueza, el potencial de desarrollo y las relaciones sociales comunitarias que observaba en nuestro país vecino. Casi 100 años después, y aunque Brasil se encuentre entre las 10 mayores economías del mundo, lo cierto que las asignaturas pendientes siguen siendo numerosas. Con casi 215 millones de habitantes, las cifras oficiales indican que casi un cuarto de la población es pobre (el equivalente a la población total de Argentina) con una tasa que asciende al 40% entre la población de 0 a 14 años. Aunque se calcula que más de 8 millones de brasileros superaron el umbral de pobreza durante el último gobierno de Lula al menos la misma cantidad se encuentra en situación de pobreza extrema. En una sociedad con escasas posibilidades de movilidad social la vulnerabilidad aumenta de acuerdo con la región del país (mayor en el norte y nordeste y menor en el centro y sur), el género (afecta con particular intensidad a las mujeres) y la etnia (los blancos tienen mayores probabilidades de romper con el círculo de la pobreza que los afrobrasileños y las comunidades originarias). Así, aunque el gobierno ha diseñado e implementado un importante número de programas sociales destinados a las poblaciones más afectadas (Bolsa Familia es el más conocido), los progresos han sido lentos, más aún cuando el propio PT ha decidido no tocar las bases del modelo económico vigente. De igual manera, aunque las estadísticas indican que los ingresos de los sectores asalariados se han incrementado en los últimos cuatro años, también se ha disparado el endeudamiento familiar: aunque se cobra más, se da la paradoja de que las familias disponen de menos dinero una vez que abonan sus deudas.

Sobre este malestar económico se ha articulado un difuso malestar cultural que tiene entre sus pilares la búsqueda de una seguridad siempre esquiva, en un país atravesado por organizaciones criminales que han encontrado en el tráfico de drogas una redituable fuente de recursos. El narcotráfico, problemática común a toda América Latina, aunque atraviesa todas las clases sociales y las instituciones se ha asentado desde hace años en los barrios populares, precisamente los espacios que el Estado abandonó de la mano de su retracción neoliberal. El Comando Vermelho, por ejemplo, con asiento en las favelas de Río de Janeiro, se calcula que cuenta con al menos 30.000 “combatientes”. En octubre de 2025 un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad brasileñas tuvo un saldo de más de 120 muertos sin que se pueda garantizar que tan cruento episodio no sea más que un nuevo capítulo de una historia que ni Lula ni ningún otro poder público en Brasil ha podido atender adecuadamente.

No hay dudas de que un segundo pilar es el conservadurismo de parte de los sectores “evangélicos” -noción que en realidad engloba a una pluralidad de grupos religiosos- en fuerte crecimiento y con una sólida implantación territorial. En ocasiones dueños de medios de comunicación y de cultivadas redes de movilización de alcance nacional los grupos más afines a la extrema derecha portan una agenda opuesta a la legalización del aborto, al matrimonio igualitario y a las leyes vinculadas con la diversidad de género y los derechos LGBTQ+, todos temas con clara presencia en la oratoria de Flavio Bolsonaro.

Finalmente, un tercer pilar es el antipetismo, que ha sido capaz de aglutinar a distintas “familias” de derecha en una posición común contra el PT y, en especial, contra Lula. De orígenes diversos, el antipetismo alimenta lo que se presenta como una “batalla cultural” contra el comunismo, la corrupción y los “privilegios” y es hijo, al menos en parte, de una reacción defensiva feroz de los sectores dominantes contra las políticas igualitaristas implementadas, aún con sus dificultades, por el lulismo.

Valores, economía y guerra cultural se han anidado y relacionado en un ecosistema digital que la derecha radical ha sabido explotar muy bien. Formatos breves, que apelan a las emociones negativas -el odio, la rabia-, mensajes de whatsapp, podcast, tweets, fake news, dan cuenta de nuevos lenguajes y formas de movilización que han facilitado la articulación de redes de militancia entre actores no necesariamente afines pero cuya concurrencia ha tenido un impacto electoral potente, aunque difícil de medir.

No girar a la derecha

El 25 de octubre se decidirá en las urnas si Brasil gira o no a la derecha. Por lo pronto, ésta ya ha conseguido un poder institucional y social que la ha transformado en un adversario formidable. Si volvemos a mirar el mapa sudamericano: ¿qué caminos se abren para las fuerzas de izquierda?

Por lo pronto, no abandonar la lucha: el destino de Brasil no está decidido y todavía hay chances de cambiar la historia. Las recientes movilizaciones demuestran que así lo entienden también los propios brasileños. En el mediano plazo, la izquierda tiene el enorme desafío de canalizar el evidente descontento de las sociedades latinoamericanas en una dirección diferente a la que propone la derecha. Se trata, nada menos, de volver a imaginar un futuro común, que aprenda de las experiencias pasadas pero que no lo proponga en eterna -y conservadora- repetición. En esta clave, no es un debate mejor el problema de los liderazgos así como las fuentes teóricas de las cuales apropiarnos para pensar, colectivamente, ese futuro que nos contenga a todxs.